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Arte latinoamericano
15 preguntas · Arte
En los años veinte, tras la Revolución, el Gobierno mexicano entregó las paredes de los edificios públicos a un grupo de pintores con una misión: contar la historia del país a quien no sabía leer. Así nació el muralismo. Diego Rivera llenó la escalera del Palacio Nacional con cinco siglos de historia y vio cómo Rockefeller destruía su mural neoyorquino por incluir a Lenin; José Clemente Orozco, que había perdido una mano de joven, pintó un hombre en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas; y David Alfaro Siqueiros, pintor y militante, llegó a participar en un atentado contra Trotski. Rufino Tamayo, zapoteca de Oaxaca, prefirió el color a la consigna, y Frida Kahlo convirtió su cuerpo roto en el gran tema de sus autorretratos.
México fue también refugio. Allí se instalaron dos surrealistas que se hicieron inseparables: la gerundense Remedios Varo, con sus figuras alargadas que bordan el manto de la Tierra, y la inglesa Leonora Carrington, pintora de caballos y brujas y autora de «La trompetilla acústica». El surrealismo tuvo además acento chileno con Roberto Matta, que pasó por el estudio de Le Corbusier, y cubano con Wifredo Lam, que llevó los espíritus afrocaribeños a «La jungla».
En el Río de la Plata, Joaquín Torres García dibujó un mapa del continente al revés, «América invertida», para proclamar que «nuestro norte es el Sur», y Xul Solar, amigo de Borges, inventó lenguas y juegos imposibles. En Brasil, Tarsila do Amaral pintó «Abaporu», el hombre que come gente, bandera del movimiento antropofágico. El Ecuador de Oswaldo Guayasamín gritó el dolor de los pueblos indígenas, el venezolano Jesús Rafael Soto invitó al público a entrar en sus «Penetrables», y el colombiano Fernando Botero hizo de sus figuras voluminosas el estilo latinoamericano más reconocible del mundo.
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