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Emily Dickinson
13 preguntas · Literatura
Emily Dickinson pasó casi toda su vida en Amherst, un pueblo de Massachusetts, y en los últimos años apenas salió de su habitación; a algunas visitas las recibía hablando a través de una puerta entornada. Los vecinos la llamaban «el mito de Amherst». Vestía casi siempre de blanco, una costumbre cuyo motivo nunca se ha aclarado, y el vestido que se conserva es hoy la pieza más famosa del museo instalado en su casa familiar.
Aquella vida exterior mínima albergaba una obra enorme. Dickinson escribió cerca de mil ochocientos poemas, y en vida se publicaron apenas una decena, casi siempre sin firma y «corregidos» por los redactores. Ella los guardaba cosiendo las hojas a mano en cuadernillos (los llamados fascículos), y los escondía. Nadie sospechaba la dimensión de lo que estaba haciendo.
Su escritura no se parecía a nada. En lugar de la puntuación habitual, guiones que cortan el verso y lo dejan en el aire; mayúsculas caprichosas en mitad de la frase; rimas oblicuas; y casi ningún título, de modo que sus poemas se citan todavía hoy por el primer verso o por el número de las ediciones completas. Muchos de esos primeros versos son ya patrimonio común: «La esperanza es esa cosa con plumas», o el sereno y terrible «Como no pude detenerme ante la Muerte, ella amablemente se detuvo ante mí», donde la Muerte pasa a recoger a la hablante en un carruaje que atraviesa la escuela y el trigal camino de la eternidad.
Cuando murió, en 1886, su hermana Lavinia encontró un baúl con unos cuarenta fascículos. Emily había pedido que se quemaran sus papeles; Lavinia salvó los poemas y peleó por publicarlos. Pero hasta 1955, casi setenta años después, no apareció una edición completa que devolviera los guiones y la ortografía originales, preparada por Thomas H. Johnson. Hoy, junto a Walt Whitman (su polo opuesto, con el verso largo y expansivo), Emily Dickinson está considerada fundadora de la poesía moderna estadounidense.
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