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Figuras retóricas
18 preguntas · Idiomas
Las figuras retóricas no son un adorno que se cuelga al final de un texto: son las herramientas con las que el idioma consigue efecto. Quien dice que „nuestras vidas son los ríos“, como Jorge Manrique, está usando una metáfora, una imagen que prescinde del „como“. Quien dice „eres como una rosa“ se queda en el símil. Si el viento susurra y la luna llora, hay personificación; y quien afirma haberlo repetido un millón de veces recurre a la hipérbole. El camino contrario funciona igual de bien: „no está nada mal“ elogia negando lo contrario (eso es una lítote) y llamar „un día espléndido“ a una tormenta significa justo lo opuesto: ironía.
Lo más interesante ocurre donde las palabras se contradicen. El oxímoron comprime la contradicción en una sola expresión, como el „hielo abrasador“ y el „fuego helado“ con los que Quevedo definió el amor. La paradoja la extiende a una frase entera que parece absurda y resulta cierta: „vivo sin vivir en mí“, escribió Santa Teresa. La antítesis enfrenta dos ideas („es tan corto el amor y tan largo el olvido“) y el quiasmo cruza el orden de los términos: „ni son todos los que están, ni están todos los que son“.
Después está todo lo que afecta al sonido y al compás: la aliteración, que repite un mismo sonido („el ruido con que rueda la ronca tempestad“); la anáfora, que repite el comienzo de versos sucesivos; la onomatopeya, en la que la palabra imita el ruido que nombra: tic-tac, pum, zas. El eufemismo suaviza lo desagradable: nadie muere, todos „pasan a mejor vida“. La pregunta retórica no busca respuesta, sino complicidad. El clímax o gradación asciende paso a paso hasta „en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada“, de Góngora. La elipsis suprime lo que el lector ya supone („lo bueno, si breve, dos veces bueno“) y el pleonasmo hace justo lo contrario y dice dos veces lo mismo: „lo vi con mis propios ojos“.
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