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Hildegarda de Bingen
10 preguntas · Sociedad y vida diaria
Hildegarda de Bingen nace en 1098 en Renania, décima hija de una familia noble. Según la costumbre de la época, ese «décimo» se entrega a la Iglesia: con ocho años la confían a una reclusa y crece a partir de entonces en el monasterio de Disibodenberg. Ya de niña tiene apariciones extrañas que más tarde llamará «la luz viviente», visiones que se guarda para sí durante décadas.
Solo con más de cuarenta años, ya superiora de su comunidad de monjas, interpreta esas visiones como un encargo divino y empieza a escribir. Su primera gran obra, «Scivias», la hace famosa; hasta el papa reconoce sus escritos. Para una mujer del siglo XII eso resulta monstruoso: Hildegarda hace algo prácticamente prohibido a las mujeres, predicar en público, y escribe a obispos y emperadores para llamarlos a la conciencia.
Hildegarda es una auténtica sabia universal. Redacta libros teológicos, pero también obras de medicina y de historia natural en las que describe plantas, piedras y enfermedades, base de la todavía popular «medicina de Hildegarda». Compone además cantos religiosos de gran belleza, que figuran entre las obras musicales más importantes de la Edad Media, e inventa incluso una lengua secreta propia, la «lingua ignota».
Contra toda resistencia funda un monasterio propio en Rupertsberg, junto a Bingen. Cuando muere en 1179, a los 81 años, es una de las mujeres más célebres de su tiempo. Su fama no ha dejado de crecer con los siglos: en 2012, la Iglesia católica la declaró oficialmente santa y «doctora de la Iglesia», un honor concedido a muy pocas mujeres.
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