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Louis Armstrong
9 preguntas · Música
Creció en un barrio de Nueva Orleans que la gente llamaba „el campo de batalla“. El padre se había ido, la madre sacaba adelante a la familia con trabajos ocasionales y el niño repartía carbón, recogía trapos y cantaba por monedas en las esquinas. En Nochevieja de 1912 disparó al aire la pistola de su padrastro para celebrarlo y lo internaron en un reformatorio para chicos negros. Allí le pusieron por primera vez una corneta en las manos. Estuvo año y medio y dijo después que aquel centro le salvó la vida.
Siguió aprendiendo en los bares del barrio de diversión hasta que el mejor cornetista de la ciudad, King Oliver, lo tomó bajo su protección y se lo llevó a Chicago en 1922. Lo que Armstrong hizo allí y en los años siguientes cambió la música de raíz: hasta entonces las bandas de jazz tocaban en conjunto, entrelazadas. Armstrong puso a un músico delante, inventando libremente sobre los acordes; el solo tal como lo conocemos nace de sus grabaciones con los Hot Five y los Hot Seven. De paso ayudó a popularizar el scat, al parecer porque se le cayó la hoja con la letra en el estudio.
Después vino la segunda carrera, que muchos conocen primero: Armstrong cantante, con aquella voz de lija inconfundible, animador con pañuelo blanco y sonrisa enorme, estrella mundial. „Hello, Dolly!“ desbancó a los Beatles del número uno estadounidense en 1964, en pleno apogeo del grupo; él tenía 62 años. Tres años más tarde grabó „What a Wonderful World“, que en Estados Unidos fracasó al principio y décadas después sonaba en todas partes.
Los músicos negros más jóvenes le reprochaban ser demasiado amable, demasiado acomodaticio, demasiado animador para salas blancas. Se les escapaba algo. En 1957, cuando los Nueve de Little Rock iban al instituto entre insultos, Armstrong le dijo a un periodista que el gobierno podía irse al infierno y canceló una gira que iba a hacer para el Departamento de Estado. Para un artista que vivía del público blanco, aquello era un riesgo considerable.
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