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Mayas, aztecas e incas
20 preguntas · Historia
Cuando los soldados de Hernán Cortés vieron por primera vez Tenochtitlan en 1519, el cronista Bernal Díaz del Castillo escribió que parecía «cosa de encantamiento». La capital de los mexicas flotaba sobre el lago de Texcoco, unida a tierra por calzadas, rodeada de chinampas, los huertos artificiales que daban varias cosechas al año. En su centro, el Templo Mayor honraba a Tláloc y a Huitzilopochtli, el dios de la guerra, y en palacio gobernaba Moctezuma II, que bebía cacao espumoso en copas de oro. Aquella semilla valía tanto que se usaba como moneda. Pero los propios aztecas sabían que no eran los primeros: veneraban a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, y peregrinaban a las ruinas de Teotihuacán, la ciudad de las pirámides del Sol y de la Luna, abandonada siglos antes de su llegada.
Más al sur, en las selvas de Yucatán, Chiapas y el Petén, los mayas habían levantado ciudades como Tikal, con su Templo del Gran Jaguar, Palenque, donde reposa el gran rey Pakal, y Chichén Itzá, cuya pirámide de Kukulkán convierte la luz del equinoccio en una serpiente. Sus astrónomos contaban el tiempo con la cuenta larga, escribían con glifos y manejaban un signo en forma de concha para el cero, algo que Europa aún no conocía. El Popol Vuh de los quichés cuenta que los dioses, tras varios intentos fallidos, hicieron por fin a los hombres de maíz.
Y en los Andes, a más de 3000 metros, Cuzco era el ombligo del mundo para los incas. Desde allí se gobernaba el Tahuantinsuyo, «las cuatro regiones», un imperio unido por caminos, por el quechua como lengua general y por los quipus, cuerdas de nudos que hacían de contabilidad sin necesidad de escritura. El emperador descendía de Inti, el Sol, y Pachacútec mandó levantar en lo alto de una montaña Machu Picchu, que el mundo no conoció hasta 1911. Pocos años después de la caída de Tenochtitlan, la captura de Atahualpa en Cajamarca, en 1532, marcó el principio del fin de aquel imperio.
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