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Molière
12 preguntas · Literatura
Jean-Baptiste Poquelin, bautizado en París en enero de 1622, era hijo del tapicero del rey y tenía por delante un oficio seguro. Lo dejó por el teatro, se puso el nombre artístico de Molière (nunca dijo por qué eligió precisamente ese) y fundó con la familia Béjart el «Illustre Théâtre», que quebró enseguida. Molière pasó unos días en la prisión por deudas y luego trece años recorriendo la provincia francesa con su compañía. Aquella escuela ambulante lo convirtió en el mejor conocedor de escenario de su siglo.
De vuelta en París encontró al protector decisivo: Luis XIV le dio una sala, apadrinó a su hijo y lo sostuvo cuando la Iglesia y las clases ofendidas pidieron su cabeza. Y la pidieron con motivo, porque Molière hizo de la comedia un espejo incómodo. «Tartufo», la historia de un beato hipócrita que se instala en una casa honrada, estuvo prohibida cinco años; el nombre del personaje pasó al francés como palabra para «hipócrita». En «El avaro», Harpagón quiere más a su cofre de monedas que a sus hijos y protagoniza una de las escenas más célebres del teatro universal. En «El misántropo», Alceste exige una sinceridad radical y se estrella contra la mentira galante de los salones. Y el señor Jourdain, el nuevo rico de «El burgués gentilhombre», descubre encantado que lleva toda la vida hablando en prosa sin saberlo.
El final parece escrito por él mismo. El 17 de febrero de 1673, representando al hipocondríaco de «El enfermo imaginario», Molière se desplomó en escena estando realmente enfermo de muerte, y murió pocas horas después. Como actor, la Iglesia le negaba sepultura sagrada; solo la intervención del rey consiguió un entierro nocturno y sin ceremonia. Hoy los franceses llaman a su propio idioma «la lengua de Molière», y a la Comédie-Française, «la casa de Molière», aunque se fundara después de su muerte.
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