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Paleografía: escrituras y su época
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La escritura es la única herramienta de la historia que lleva consigo su propia fecha. Ante un manuscrito no hace falta adivinar su edad: la forma de las letras lo dice, a menudo con un margen de pocas décadas. De eso trata la paleografía: del arte de leer lo escrito antiguo y situarlo en el tiempo. Su historia es una cadena de rupturas y recuperaciones. La Antigüedad tardía escribe uncial, una mayúscula redonda sin astas. Hacia el año 800 Carlomagno impone una minúscula clara e igual en todas partes, para que lo escrito en Aquisgrán pueda leerse en Tours; nuestras minúsculas descienden de ella en línea recta. La Plena Edad Media quiebra las curvas y escribe la textura, tan apretada que la página parece un tejido, y Gutenberg grabará sus tipos siguiéndola. Los humanistas del siglo XV confunden la carolina con letra romana antigua y la imitan: del error nace la redonda, la letra de imprenta de Europa. En la península la historia tiene capítulos propios. La letra visigótica, nacida de la cursiva romana tardía, se escribe desde el siglo VII hasta que el concilio de León de 1090 impone la carolina junto con la liturgia romana. Más tarde los escribanos desarrollan la letra procesal, cada vez más rápida y encadenada, hasta volverse casi indescifrable: en 1503 hubo que ordenar por ley que se escribiera de forma legible. Entre medias están los útiles del oficio: la pluma de ave que hace posibles los trazos finos; la abreviatura que ahorra pergamino; el palimpsesto donde un texto raspado sobrevive como sombra; el scriptorium sin velas, porque el fuego era el mayor peligro de una biblioteca; y el colofón en el que un copista da su nombre, a veces con maldición contra los ladrones de libros.
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