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Supervivencia: apagón y hogar
16 preguntas · Sociedad y vida diaria
La emergencia doméstica no llega con sirenas sino con silencio: se va la luz, y con ella caen una tras otra la calefacción, la nevera, el pago con tarjeta, las gasolineras, las antenas de móvil y, al final, el agua que en muchos edificios suben bombas eléctricas. Nada de esto exige búnkeres ni montañas de latas: la protección civil recomienda simplemente poder vivir unos días de las propias reservas, calculando unos dos litros de agua potable por persona y día. La propia casa esconde reservas calladas, la primera el termo de agua caliente con sus decenas de litros. El mayor peligro de un apagón es, asombrosamente, casero: cada año muere gente por meter barbacoas de carbón o estufas de gas en la vivienda; el monóxido de carbono es invisible, inodoro y letal, y por eso el hornillo de camping cocina fuera o junto a una ventana abierta de par en par. Para la luz, la lámpara LED es más segura que la vela con su encanto; el arcón congelador lleno aguanta cerrado unos dos días; la información llega por la radio de pilas o dinamo cuando callan las redes, y algo de efectivo sustituye al datáfono muerto. Para las catástrofes ruidosas hay reglas que basta haber oído una vez: con temporal, a las habitaciones interiores de las plantas bajas; con inundación, jamás al sótano, cuyas puertas la presión del agua sella; y con el coche, nunca por una calle inundada, que ya a la altura de la rodilla se vuelve trampa de corriente. En un terremoto, el marco de la puerta se ha jubilado: bajo la mesa robusta, agarrarse, esperar. Y tras cualquier inundación, el agua del grifo obedece una regla: primero hervir, luego beber.
Practicar gratis
PurFact te vuelve a mostrar cada tarjeta justo antes de que la olvides. Así se queda lo aprendido.