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Faros
16 preguntas · Tecnología
En la noche del 26 al 27 de noviembre de 1703, la peor tormenta que Inglaterra había conocido barrió el canal de la Mancha. Al amanecer no quedaba nada del primer faro del arrecife de Eddystone, frente a Plymouth, y con él había desaparecido su constructor, Henry Winstanley, que justo esa noche había ido a revisarlo. En aquel arrecife se levantaron cuatro torres. La tercera, construida en 1759 por John Smeaton con bloques de granito encajados, se alza hoy en tierra firme, en el Plymouth Hoe, porque la roca bajo ella empezó a desmoronarse.
Los faros son obras levantadas contra lo imposible. La Torre de Hércules de A Coruña alumbra desde tiempos de los romanos, Cordouan, en el estuario del Gironda, con su capilla y sus aposentos reales, es «el Versalles del mar», y Bell Rock, frente a Escocia, desafía desde 1811 un arrecife que casi desaparece con la marea alta. En la desembocadura del Weser, los ingenieros hundieron un enorme cajón en el fondo marino para construir Roter Sand, mientras Westerheversand, sobre su montículo entre marismas, se convirtió en la postal de Frisia del Norte. Incluso la Estatua de la Libertad fue durante unos años un faro oficial.
El alcance de la luz se debe a Augustin Fresnel, cuya lente escalonada llevó desde 1823 una pequeña llama hasta el horizonte. Donde no podía alzarse una torre, fondeaba un buque faro. Y hacían falta personas: en Ar-Men, frente a Bretaña, los fareros hablaban del «infierno de los infiernos», y en las islas Flannan los tres hombres desaparecieron sin dejar rastro en diciembre de 1900.
Hoy casi todos los faros funcionan de forma automática. El más alto, de 133 metros, está en el puerto de Yeda, el de Cape Hatteras rodó tierra adentro sobre raíles en 1999 y la Lanterna sigue vigilando Génova. Virginia Woolf llegó a dedicar una novela a un faro.
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